«Se supone que mi misión era encontrarla y matarla. Llevarle su cabeza al Gran General. Pero nada de lo que me habían dicho, nada de lo que se supone que debía ser, era lo que estaba ante mí.
Me habían mandado a cazar a una hermosa joven, de no más de 19 o 20 años, con un hermoso pelo negro y lacio, y ojos que parecían hechos de zafiro. La vigilé durante varias semanas, era una joven alegre y despreocupada, que se mostraba en público de manera divertida. Pero no fue hasta que me topé con ella cara a cara una noche, que mis intenciones dieron un giro inesperado.
Era una noche húmeda, con un cielo despejado y una luna ausente. Ella salió de su departamento, con nada más que un jean azul, unas botas negras haciendo juego con su camisa. Podía ver que en su mano derecha, tenía un delicado brazalete, en el cual se enredaban unas pequeñas cadenas que adornaban sus dedos.
Desapareció delante de mis ojos, y antes de que me dispusiera a seguirla, recibí una patada en mi espalda, que me tumbó de narices al suelo. Me di vuelta rápidamente, intentando pararme, cuando una mano con ese hermoso brazalete me tomó por el cuello y me acorraló contra el suelo. La joven yacía cara a cara contra mí, y su mirada estaba llena de oscuridad y furia, nada comparado a la niña que solía vigilar.
-Me has estado siguiendo por muchos días, y estoy empezando a dudar seriamente si matarte o no, aunque sangre humana corra por tus venas-dijo ella susurrando-.
Podía ver como sus ojos ardían con un fulgor azul, como si una tormenta se estuviera declarando dentro de ellos. Me quedé en silencio mirándola fijamente, y tomé su brazo, apretándolo fuertemente. Ella miró mi mano y sonrió desafiante.
-Entonces dime ¿Quién te mandó a espiarme?- preguntó.
-¿No vas a soltarme?-le respondí desafiante.
-No hasta que me des una respuesta que me convenza.- dijo ella volviendo a ponerse seria nuevamente.- Siento sangre de Lucifer en tí, y aún así, eres un humano.
-¿Le hablas así a alguien que acabas de conocer, niña?- le respondí ya con dificultad para respirar. Si ella era mi enemiga, y a quien debía matar, claramente la había subestimado.-
Vi como su ceño se relajó y su rostro se empapó de seriedad, pero también de curiosidad. Lentamente su mano comenzó a ablandarse y finalmente me soltó.
Comencé a toser y me incorporé de un salto.
-¿Quién eres?- preguntó aún mirándome con desconfianza-.
-Mi nombre es Mark-respondí- y he venido por tu cabeza-.
-Bien-dijo ella sacudiendo su ropa- no eres el primero, así que saca número y espera pacientemente. ¿Quién te envía?-volvió a preguntar mientras tocaba su brazalete.
-¿Por qué asumes con tanta facilidad que alguien me manda?-pregunté-
-Por que aunque eres humano, alguien te dio un poder que no te corresponde, esas dagas que tienes en tu cinturón lo comprueban- dijo ella señalándome.
-Maldición, y yo que pensé que las había ocultado bien- susurré sacando las dagas- Muy bien preciosa, quédate quieta mientras corto tu cuello, o jamás podré volver a este mundo como un humano normal.
-Aunque cortes mi cabeza y la lleves a quien quiera que sea, jamás podrás volver a tu vida normal, jamás podrás volver a vivir entre los seres humanos, tu lugar es otro. Dime, por última vez, quién te envía, y purificaré tu alma para que puedas ir hacia la luz.
-¡No me hables de la luz! No creo una palabra de todo lo que has dicho, es Exel quien me envía por tí…-
No terminé de pronunciar estas palabras, y vi como todo su rostro se transformó a un estado de ira descomunal, subió su mano derecha hacia el cielo y en milésimas de segundos un rayo bajó del cielo hasta su mano y golpeó cruelmente contra el brazalete, el cual se iluminó con un fulgor blanquecino.
-¡Dílo de nuevo!-gritó y apuntó su brazo derecho hacia mí, inmediatamente recibí una descarga eléctrica que me hizo volár por los aires, golpeando contra unos autos que estaban estacionados.
Los autos se prendieron fuego y explotaron, todo mi cuerpo estaba ardiendo y en dolor. Atenté con abrazarme y las dagas comenzaron a brillar, regenerando mi cuerpo, mientras caminaba con dificultad lejos del fuego.
-¡Diablos! ¡No sé cual es la historia entre ustedes dos, pero no voy a morir aquí! ¡Llevaré tu cabeza a quien me dará la libertad!- grité y comencé a correr hacia ella. No llegué a dar un tercer paso, que choqué contra un muro invisible y volví a caer al piso.
-Realmente, no tienes idea en lo que te has metido, no sé cuál es la razón de que te haya enviado aquí, pero jamás podrás tocarme con tus dagas. Soy una hija de Nanmaru, nuestra diferencia de poder es muy grande. Aunque seas el portador de esas poderosas dagas, no puedes luchar contra ninguna de nosotras.
-¡Eso está por verse!- Volví a tomar carrera hacia ella empuñando mis dagas, volví a chocar con la barrera invisible, pero me aferré con toda la fuerza al suelo y comencé a empujar, intentando romper ese muro.
-Es inútil- susurró ella, expectante, sin moverse-
-¡Juro que voy a ganar, juro que tu cabeza será mía! ¡Juro que van a devolverme mi vida y a mi familia! ¡No moriré ante tí ni ante nadie!- Grité con todas mis fuerzas, todas las venas de mi cuerpo empezaron a endurecerse, sentí una gran energía adentro mío y mis dagas se volvieron rojas. Levanté mi mano derecha y golpeé el muro con el filo. Una gran energía se dispersó, como si de una ráfaga se tratase. Caí de rodillas al piso, agitado, y riendo.
-He quebrado tu defensa-susurré- ahora deberás tomarme enserio.
Pero me sorprendí al ver que su semblante, que hace minutos mostraba odio y furia, ahora lucía triste.
-No puedo imaginar-dijo- por todo lo que has pasado para llegar hasta aquí, ni todo lo que has sacrificado para poder controlar esas dagas.
-¡No quiero tu piedad!-grité levantándome nuevamente- Si tienes algo de honor, defiéndete ahora, cuerpo a cuerpo, muéstrame de qué eres capaz, hija de Nanmaru, y muere con honor.
Ella comenzó a caminar hacia mí, lentamente. Yo puse mis dagas a la altura de mi pecho, preparado para atacar, o defenderme. Todo mi cuerpo estaba temblando de ira y ansiedad, pero no tenia miedo, su aspecto asesino había mermado.
De repente me tomó por sorpresa y me abrazó fuertemente, susurrándome al oído:
-Lamento que hayas que tenido que pasar por todo esto en vano, jamás podré entregarte mi cabeza, aún tengo mucho trabajo que hacer, aún no puedo morir para él-
Entonces mi visión empezó a nublarse, y la oscuridad me rodeó.»



Deja un comentario