
Y todo lo nuestro resultó tan absurdo, que ya no me interesa perderlo.
¿O quizás, no me interese conservarlo? No lo sé.
Siento que queda el fantasma del deseo, rondando a mi alrededor, atormentando mi mente, con tus tontos deseos. Y mientras Uroboros se devora a sí misma, no puedo vislumbrar dónde empezó ni dónde terminó, lo que alguna vez podríamos haber vivido.
¿Realmente nos prometimos el uno al otro antes de que nuestro Ser se rodeara de huesos? ¿En verdad nos juramos el lazo que acaba de destruirse? O quizás nos prometimos destruirnos mutuamente, astillando nuestro amor en pedazos.
Si pudiera recordar, si tan sólo pudiera recordar, de qué estuvo hecha la promesa.
¿Acaso era amor? ¿Lágrimas? ¿Odio? ¿Venganza? O simplemente no pudimos vencer el miedo en nuestros corazones, el miedo a ser correspondidos.
¿Me deseas aún en tu mente? ¿O deseas que me vaya? Me siento aún encadenada a algo invisible, que no puedo comprender.
No es un corazón roto, es algo más. Cómo preparar una receta a la perfección y obtener un resultado completamente distinto.
Es el no poder comprender ni traducir el lenguaje que utilizas. Como si todo el dolor estuviera hablándose en un idioma perdido en las Eras.
Y sólo puedo dejar que mis lágrimas rebalsen los sentimientos acumulados, los deseos perdidos, las palabras incendiadas.
No hubo fuego lento en esta pasión, fue un huracán de fuego lo que arrasó con aquello que aún no había dado brotes.
¿Seríamos nosotros pero quizás no el momento? ¿O no lo seríamos en absoluto?
La congoja acompaña a la Luna en su viaje al sueño oscuro, en ansias de renacer. Y ya no queda ansia en mí para renacer. Como un fénix cansado de la resurrección.
Deseo parar, contemplar las ruinas y dormir en ellas un poco más. Parar el instante mismo de la muerte, y contemplar antes de regresar.
Revivo en mi mente los momentos y las palabras, y veo como el fuego invisible arrasa con todo. Ya estaba allí, y no podía verlo. La hoz de la muerte cortando los hilos, de tu amado telar.
¿Cuándo dejaste de verlo? ¿Cómo no pudimos aferrarnos a la luz? Sólo nos permitimos desaparecer, y ser devorados por el recuerdo.
Enterrados, en tierra ajena. Con lápidas anónimas, sin nombre y en constante olvido. Como el ave fénix que no desea renacer.


Deja un comentario