Si tan solo nos hubieramos conocido bajo otras circunstancias. Donde nuestro amor no fuera combustible incendiando todo a su paso. Mirarnos de frente, destripando nuestras almas al unísono del grito de guerra. Con los rios de sangre hasta los tobillos y batallas por ganar.
Sentia mi piel congelarse ante cada palabra que emitías con tu boca. Oh, pero cuando pronunciabas mi nombre… mi corazón se aceleraba más y más. El cielo se tornaba cada vez más negro, como si mil tormentas quisieran estallar al mismo tiempo, mientras tu espada y mi lanza se encontraban.
Los escudos se astillaban a nuestro alrededor, y la tierra entera lloraba con la pérdida de sus millones de hijos. Masacre tras masacre, nuevos barcos y caravanas llegaban. Y nosotros continuabamos allí, de pie, luchando. No nos importaba la causa ni el estandarte que cada uno suponía defender. Sólo necesitabamos acabar con la miserable existencia del otro. El vacío era todo lo que podía caber en nuestras mentes.
Y el cielo castigo nuestro egoismo con misericordia, descargando su ira en la tierra, a traves de rayos danzantes y feroces. Los humanos nos miraban escondidos, olvidándose de toda guerra más allá de ese momento, pues dos titanes estaban luchando por eliminarse mutuamente. La valquiria danzaba con su lanza cortando la carne del Rey Congelado, quien había perdido ya todo vestigio de humanidad. Y ella lo sabía, pero aún así necesitaba cortar, cortar y cortar, hasta poder hallar su corazón. Se negaba a aceptar que su amado había muerto, victima de la voluntad del gran hijo caído en desgracia, del Hacedor.
El Rey se defendía con dificultad de la danza de aquel espíritu, pero gozaba cada grito feroz que su amada lanzaba con deseos de aniquilar su existir, pues él sabía que nadie jamás podría arrebatarle la vida nuevamente. Toda la ira de la dama danzaba a su alrededor mientras el mar muerto se alzaba castigando a los barcos que intentaban llegar a orilla, desobedeciendo su voluntad.
Y toda esa ira contenida en el recuerdo de los años infames de la conquista del reino de los cielos, yace en mi mente como bocanadas de fuego a punto de salir al cruce. Mientras rememoro imagenes de lo que jamás fue, veo alrededor la vida mundana que mi alma ha escogido en esta oportunidad. Y todo lo que vino en consecuencia. Lucho contra mi propio Ser, por sentirme o no digna del deseo y el amor ajenos, mientras mi Ser sigue encerrado en batallas de antaño, deseando volver a tomar su lanza con sus propias manos y terminar con toda incertidumbre y estupidez.
La humanidad es contagiosa y uno tiende rapidamente a adoptar todo esquema de vida, dejando de lado lo que fue. Y es que ya poco importa. Someterme a la voluntad de las mareas, es un lujo que puedo darme, con suerte, unos pocos días al año. Y no termino de conectar a mi Ser con la voluntad del Mar. No tengo las agallas para dejarme arrastrar al sometimiento ancestral que todo lo sabe, que es dador de vida, que todo lo crea.
Solo vivo de recuerdos e ilusiones paganas, sembradas por la imaginación de una niña rota, esperando florecer.



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